UNA HISTORIA PERDIDA
A paso calmado, la joven dio la vuelta a la esquina para
divisar el portal de la casa como todas las tardes; el paseo por la plaza es el
instante más preciado luego del trabajo. Para Kaori no hay un momento más
hermoso que ese.
La tarde caía cuando entró por el portal atravesando el
pequeño jardín de su casa, pero el sonido de un piar la detuvo haciendo que
desvíe su mirada hacia el árbol de acacia al pie de la ventana. Allí, a los
pies del árbol, indefenso y a medio vestir de plumas estaba el responsable de
aquel sonido: un pequeñuelo que al parecer había caído del árbol, o por lo
menos, eso pensó. Hay algunos pájaros que tienen costumbres extrañas basados en
la ley del más fuerte…el más fuerte sobrevive, y el más débil queda relegado.
Al subir al árbol con algo de dificultad, para averiguar lo ocurrido, Kaori
comprobó aquello…allí estaban los ruidosos y emplumados padres con un robusto
polluelo que pedía a gritos su alimento.
De regreso al suelo, la chica tomó a su protegido entre sus
manos como quien lleva un tesoro frágil y valioso, lo colocó con cuidado en la
mesa junto a su cama donde preparó un cómodo e improvisado nido. Uta, pensó la
chica. Ese sería un nombre adecuado para la pequeña ave, entonces sonrió al
pequeño que se movía enérgicamente en el improvisado nido.
Conforme pasaron los días, las semanas y las estaciones, el
pequeño Uta crecía más fuerte, sus padres y hermano habían abandonado el nido,
mientras él se vistió de un vistoso plumaje entre amarillo y gris que sacudía
orgulloso cada mañana al estar de pie en la ventana. Él adoraba oír la voz de
Kaori cuando cantaba mientras hacía sus quehaceres o cuando estaba sentada
frente a su escritorio escribiendo, de la misma manera que ella observaba
embelesada el dulce sonido que brotaba de los trinos de la pequeña ave cada
mañana, cuando estiraba sus alas en el árbol junto a su ventana, o cuando
salían a la plaza por las tardes.
La primavera había pintado de colores el jardín, todo lucía
vestido multicolor. Uta miraba el cielo azul e inmenso ante él, veía los otros
pájaros pasar y sus ojitos brillaban, pero luego volteaba la vista hacia Kaori
y volaba a su lado. Un día, Kaori lo vio en la ventana, mirando el cielo cuando
un grupo de jilgueros pasó por allí; lo miró en silencio, moviendo sus plumas
con alegría al verlos y volviendo a su silencioso paso de vaivén en el borde de
la ventana hacia la rama más cercana de la acacia.
Una tarde, mientras paseaban, Kaori tomó a Uta en su mano y
lo colocó sobre una rama del árbol al pie de la banca donde estaba sentada, lo
miró con una triste sonrisa mientras la pequeña ave movía su cabeza de un lado
a otro, observándola:
“He visto cómo miras el cielo cada día, he visto el brillo
de tus pequeños ojos al ver a tus hermanos pasar en cada estación…me preguntaba
en qué momento te llamaría el cielo para que pruebes el aire y el sol bese tus
alas. Debes volar pequeño Uta, no refrenes el deseo en tu pecho por tocar el
cielo, vuela y siente por tus venas el sabor de la libertad”
Uta no entendía el significado de las palabras de Kaori, o
quizás sí las entendía, y entonces habló:
“Pero no deseo irme. Me has cuidado todo este tiempo, desde
el día en que me encontraste al pie de aquel árbol. Bajo el calor de tus manos
y tus cuidados me he convertido en lo que soy , y he sido feliz oyendo la
melodía de tu voz cuando cantas o cuando lees a media voz…”
Kaori sonrió, y replicó:
“Tienes que saber que hay lazos que permanecen más allá de
todas las cosas e incluso más allá del tiempo. El amor no quita libertad, … te
la entrega. Debes obedecer el llamado de tu naturaleza, vuela libre y no mires
atrás. Mi ventana estará siempre abierta para ti, y el árbol de acacias no irá
a ningún lado; mientras vuelas libres, yo estaré mirándote desde aquí,
sintiéndome orgullosa y feliz de ver como brillan tus alas bajo el sol. Y cada
vez que sientas nostalgia o añoranzas, llevarás algo que no se borrará mi
pequeño, ¿sabes lo que es? Se llaman recuerdos, eso nadie te los quitará y
serás feliz cuando vengan a tu mente”
Uta miró a Kaori. Ella hablaba en serio. Entonces miró hacia
el grupo de pájaros que pasaba cerca y miró a la chica que asentía con la
cabeza mientras buscaba algo en su bolsillo. Ató una cinta muy fina a su pata
izquierda, de color azul.
“Vuelve cuando quieras, pues aquí estaré. Y esto que llevas
te recordará el camino de regreso a casa.”
Uta sintió algo extraño en el pecho. ¿qué era aquello que de
repente se agitaba en su corazoncillo que latía tan a prisa, y que parecía
ahogarlo? Entonces desplegó sus alas, las agitó con fuerza dos, tres veces y
remontó el vuelo alto, y más alto. No mirar atrás dijo Kaori…no mirar
atrás…pero… ¿cómo no mirar? Miró hacia el suelo a la figura que se hacía más
lejana conforme se elevaba más hasta que se perdió de vista.
Ahora cada primavera hay canto y música en la ventana de
Kaori, porque el árbol de acacias se viste de naranja vistoso y se ve más
vistoso aún con las notas del canto de Uta a su adorada amiga, y un pequeño
ramito de jazmín aparece cada mañana en la ventana de la chica, lo cual le
arranca una sonrisa.
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